El hombre que vivencia el Tantra no desea una mujer cortada en partes: cola, mamas, caderas. Va mucho más allá, desde el alma, la esencia femenina, la potencia de la diosa.
No piensa en “hacerle cosas” si no encontrarla porque sabe que se encuentra a sí mismo, encuentra lo femenino en él.
No tiene miedo de entregarse a sentir su piel impregnada por los efluvios de ella. No la quiere controlar, no está pensando en que le da orgamos, no está pensando, está viviendo.

No es el conquistador de su cuerpo, su colonizador, es más bien su cómplice para entrar al paraíso.

Daniel Curbelo

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